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sábado, 3 de octubre de 2015

Las vacaciones de la papa

En Noruega, los calendarios de actividades se llevan por semanas. La semana 40 en el sur de Noruega (Oslo y alrededores), y la semana 41 en el centro y norte de Noruega las escuelas suspenden labores para dar lugar a las vacaciones de otoño (høstferie), popularmente conocidas como: las vacaciones de la papa (potetferie).

Se les llama así porque no eran propiamente días de ocio y esparcimiento para los chicos, por el contrario. Hasta mediados de los años ochenta, las vacaciones de otoño eran una semana de trabajo. Los estudiantes de las escuelas primarias, secundarias y preparatorias ayudaban en las granjas a cosechar las papas a cambio de un modesto pago que dependía de la cantidad de kilos de papas que hubieran logrado recoger.

Foto de ndla.no

Mi vikingo creció en la pequeña granja de sus padres y me cuenta que él todavía cosechó papas hasta la adolescencia. Además, los granjeros se ayudanban unos a otros, así que al terminar con la cosecha de sus padres iba a otras granjas a recolectar papas.

Actualmente, la mayoría de los granjeros cuentan con máquinas cosechadoras. Sin embargo, los hijos de granjeros a baja escala o de familias que gustan de producir sus alimentos, siguen dedicando esta semana a la cosecha de papas. El resto de los niños y adolescentes que son la mayoría, ahora dedican esta semana a disfrutar en familia de unos días de ocio.

Yo como maestra también tengo esta semana libre, pero como muchos adultos "descansaré haciendo adobes", es decir que haré esos quehaceres que a veces vamos dejando para después, entre otras cosas haré el intento de preparar tamales.

God potetferie alle sammen! (¡Felices vacaciones de la papa a todos!)

6 de octubre de 2014

En el siguiente vínculo pueden ver un video sobre el tema:

Potetferier


viernes, 17 de octubre de 2014

Desconectarse

Los noruegos disfrutan muchísimo de la naturaleza, cada una de las estaciones tiene para ellos elementos fascinantes, cambios maravillosos: colores, temperaturas, texturas, experiencias, actividades, sabores, todo cambia de una estación a otra y eso los maravilla. Se deleitan disfrutando de esos pequeños placeres que ofrece el año en su transitar.

En contraste, al menos en mi ciudad, la vida va tan de prisa que cada vez nos damos menos oportunidad de disfrutar esos cambios. Lo que es más, en vez de gozar con la expectación, adelantamos cada vez más los placeres estacionales. No bien acaban las fiestas patrias, empieza la venta de artículos navideños, a este fenómeno mercadológico mayúsculo se le superponen por unas semanas la venta de artículos para día de muertos y halloween.

En fin, volvamos al tema. Para los nouregos, los días libres y las vacaciones son oportunidades invaluables para disfrutar de la familia, los amigos y los placeres propios de cada estación del año. Y entre las cosas que más disfrutan los noruegos están el contacto con la naturaleza y las actividades al aire libre. Si bien la mayoría planea algún viaje dentro o fuera del país para disfrutar de temperaturas más cálidas, de otras culturas o de nuevas experiencias. La gran mayoría reserva algunos días para ir a las montañas.

A lo largo y ancho de todos los bosques noruegos hay cabañas, zonas de acampar. Muchos noruegos tienen sus propias cabañas, remolques o "camper" (autocaravana) equipadísimos. De todos modos, ir a las montañas, la mayoría de las veces implica: poca o nula energía eléctrica, cero señal de cable o Internet, servicios sanitarios en el exterior, baños de agua fría en ríos o lagos. Es en verdad desconectarse de la rutina y de las exigencias de la vida actual.


Foto tomada del sitio NyBolig.no
Cuando uno va a la montaña, dedica sus días a la pesca, a dar largas caminatas y a la recolección de moras azules (arándanos), arándanos silvestres, moras de pantano y hongos rebozuelos. Uno se sienta a observar la naturaleza por horas. Si el clima lo permite, se prende fuego para cocinar a la parrilla. A la orilla del fuego se habla con la familia mientras se bebe café. Si llueve, se recurre a los juegos de mesa. La lluvia también puede ser una oportunidad para los espacios individuales, algunos leen, otros resuelven crucigramas, otros más tejen.


Días de paz y tranquilidad que no se parecen en nada a lo que en mi imaginario de chica urbana significaba "desconecarse". Para nosotros, habitantes de las junglas de asfalto, significa simplemente ir a un hotel ubicado en un espacio natural, pero que cuente con todos los servicios, si son de lujo mejor. También creemos que la "desconexión" es más genuina si se visitó el SPA, si hubo un masaje de por medio y si se tuvo un primerísimo contacto, quizá único, con el yoga o la meditación.

Yo por supuesto, todavía tengo mucho de "chica de ciudad". Motivo por el cual no hemos dormido en el remolque más de dos noches. Si bien disfruto mucho de caminar en el bosque, nadar en lagos y ríos, ver los paisajes y pescar. Soy una calamidad para caminar en los pantanos, siempre piso donde no debería y me empiezo a hundir, entonces no sé qué hacer con el equipo de pesca, mi vikingo tiene que venir al rescate.


Letrina, "utedo". Foto de tomada del sitio: eikeninfo.no
Por otro lado, el"utedo" no siempre está lo cerca que uno desearía. Por ello tengo la teoría de que el hecho de que la mayoría de ellos estén señalados con un corazón en la puerta, se debe a que, cuando llegas a uno, el corazón que se te había salido durante la búsqueda y la espera, te regresa finalmente al cuerpo. Agradeces haberlo encontrado, pese a que no siempre esté en óptimas condiciones.


Recuerdo que al poco tiempo de que me mudé a Kolvereid, yo estaba fascinada descubriendo este nuevo mundo que me ofrecía experiencias tan diferentes a las que había vivido. Un día, chateaba con una exalumna y le contaba lo tranquila que es la vida aquí, en esta ciudad tan menudita, pero con paisajes de cuento. La chica me preguntó: "¿no te aburres?", mi respuesta fue: "No, no me aburro, la naturaleza siempre está cambiando, es todo un espectáculo". Así lo creo y así lo vivo ahora, pero ¿qué pensaría esta chica si supiera que muchos de los habitantes de esta ciudad minúscula también nos vamos a la montaña por unos días?, quizá me diría "¿desconectarse?, ¿más?"

20 de junio

miércoles, 11 de junio de 2014

La honestidad noruega o el paraíso de los despistados

Soy una persona despistada, tan despistada que sería más fácil enumerar los días en que no he olvidado algo: traer o dejar alguno de los libros del trabajo, comprar una cosa en el súper, las llaves. Soy de las que esconde las cosas tan bien, pero tan bien, que parece que las escondo de mí misma.

Ojalá los despistes pararan ahí, pero no, también he dejado olvidadas mis pertenencias, como carteras, celulares, abrigos, y documentos de identificación; las he dejado en muy diversos lugares, tanto en ambientes cerrados y relativamente protegidos, como en lugares públicos. Estos incidentes me han dejado, como a todos los distraídos, a merced de las conciencias de los otros.

La honestidad o deshonestidad de los otros va modelando nuestro nivel de confianza en el género humano. Y he de decir con tristeza que, hasta que llegué a Noruega, la balanza se inclinaba hacia la desconfianza. Salvo en muy contadas y memorables ocasiones mis objetos regresaron a mí.

Ayer sumé otro despiste a mi haber. A mi regreso de la escuela donde trabajo, hice un alto en el centro comercial y dejé mi mochila en la entrada, así se usa aquí. No hay paquetería en el centro comercial ni en ninguna tienda de autoservicio. Tampoco cuentan con guardias de seguridad.


Como dice el dicho, a donde fueres haz lo que vieres, así que ahí se quedó mi mochila. He de confesar que me costó mucho trabajo adoptar esta costumbre, me hice la desentendida casi un año, ¿cómo iba a dejar mis pertenencias ahí a la deriva y sin vigilancia alguna?

Recuerdo que las primeras veces que me atreví a ir sola al centro comercial, empecé a hacerlo de regreso a casa luego del curso de noruego, llevando la mochila a cuestas. No creía sentirme con fuerzas para volver a mi tibia casa, dejar la mochila, y armarme de valor para salir de nuevo al frío. Por ello cuando era necesario o quería despejarme un poco, hacía un alto camino a casa con la mochila al hombro.

Entraba a los establecimientos sin soltar nunca la mochila y con frecuencia algún dependiente me perseguía para explicarme que no podía entrar con ella.  Yo ponía mi mejor cara de "What?" y si era posible me escabullía. Para generar confianza, a la salida abría mi mochila y mostraba que no traía nada más que mis pertenencias.

En ese entonces sólo estaba segura de una cosa: esos vikingos estaban locos si creían que yo iba a dejar en el desamparo mis cositas. Los dependientes se dieron por vencidos o empezaron a confiar en mí, como en cualquier otro de los habitantes. Quizá sin saberlo, dejé de ser una forastera, me volví familiar, al menos para los empleados de las tiendas. Por mi parte, fui aceptando que mis pertenencias no corrían ningún peligro.

Pues bien, les decía que ayer dejé mi mochila a la entrada de un súper, pero no la traje conmigo al salir de la tienda.  No me di cuenta de su ausencia sino hasta hoy, cuando la busqué para irme a la secundaria y no estaba en su lugar. La busqué por todos lados, salvo en el refrí y en el horno, porque en el primero no cabe y el segundo lo había usado.

Por mi mente pasó un rápido flashback: ¡La dejé en el súper! Me puse la chamarra y los zapatos, salí de casa. No sin cierto temor de no encontrar la famosa mochila, hice una parada en el súper, de camino a la escuela.  Y sí, ahí estaba, intacta, había cambiado ligeramente de sitio y el piso sobre el que reposaba estaba más limpio, pero no le faltaba absolutamente nada.



Este no es el único caso de honestidad noruega que he tenido la oportunidad de experimentar. Me han devuelto dos celulares, encontré mi mochila de deportes en el gimnasio con todo y el billete de 500 kr que yacía en él, tras un fin de semana que pasé fuera. Me llamaron para entregarme mi pasaporte que dejé en una tienda, de otra ciudad más grande. Y hace no mucho, me persiguieron dos calles para entregarme mi monedero.

Hay otro tipo de ejemplos de la honestidad escandinava. Aquí, en la ciudad más pequeña de Noruega, la puerta se deja siempre sin seguro (yo no, soy chilanga, ¿qué esperaban?). Dejar la puerta sin cerrojo es un mensaje tácito de que las visitas son bienvenidas, las personas entran y anuncian su llegada, así sin más. Echar la llave es sinónimo de que no estás o de que quieres privacidad. Aquí entre nos, yo siempre quiero privacidad y esta costumbre no me gusta, pero de eso hablaremos en otra ocasión.

Sin embargo, también se podría dejar la puerta sin asegurar en una ausencia corta; si, por ejemplo, se necesita salir, pero se está en espera de un paquete, simplemente uno se va sin echar la llave. El cartero dejará, discretamente, el paquete en el vestíbulo, tal y como si hubiera alguien en casa. Claro estoy hablando de un alguien diferente a esta defeña desconfiada y en extremo celosa de su privacidad. Yo recojo mis paquetes en la oficina postal. 

El plomero o el electricista está por llegar, pero usted se está picando los ojos y quiere salir a tomar un cafecito, no se preocupe, no tiene que esperarlo. No tiene que cuidar la casa mientras el técnico trabaja. Llame al técnico, explíquele que saldrá y dejará la llave en la puerta. Váyase sin temor, el técnico hará su trabajo, le llamará al terminar, y le garantizo que no encontrará su casa redecorada al estilo sin: sin televisión, sin computadora, etc. Todo estará como usted lo dejó.  

Sé que la honestidad no es exclusiva de esta pequeña ciudad. Leí que una compatriota que vive en Oslo, otra despistada, se sentía súper agradecida, porque la localizaron para devolverle la carriola de su pequeñita, la cual había sido olvidada en un estacionamiento.

Sé que debo ser más cuidadosa. Mientras tanto, no puedo sino agradecer el altísimo lugar que tiene la honestidad en la escala de valores de los noruegos. 


5 de marzo de 2014