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miércoles, 11 de junio de 2014

La honestidad noruega o el paraíso de los despistados

Soy una persona despistada, tan despistada que sería más fácil enumerar los días en que no he olvidado algo: traer o dejar alguno de los libros del trabajo, comprar una cosa en el súper, las llaves. Soy de las que esconde las cosas tan bien, pero tan bien, que parece que las escondo de mí misma.

Ojalá los despistes pararan ahí, pero no, también he dejado olvidadas mis pertenencias, como carteras, celulares, abrigos, y documentos de identificación; las he dejado en muy diversos lugares, tanto en ambientes cerrados y relativamente protegidos, como en lugares públicos. Estos incidentes me han dejado, como a todos los distraídos, a merced de las conciencias de los otros.

La honestidad o deshonestidad de los otros va modelando nuestro nivel de confianza en el género humano. Y he de decir con tristeza que, hasta que llegué a Noruega, la balanza se inclinaba hacia la desconfianza. Salvo en muy contadas y memorables ocasiones mis objetos regresaron a mí.

Ayer sumé otro despiste a mi haber. A mi regreso de la escuela donde trabajo, hice un alto en el centro comercial y dejé mi mochila en la entrada, así se usa aquí. No hay paquetería en el centro comercial ni en ninguna tienda de autoservicio. Tampoco cuentan con guardias de seguridad.


Como dice el dicho, a donde fueres haz lo que vieres, así que ahí se quedó mi mochila. He de confesar que me costó mucho trabajo adoptar esta costumbre, me hice la desentendida casi un año, ¿cómo iba a dejar mis pertenencias ahí a la deriva y sin vigilancia alguna?

Recuerdo que las primeras veces que me atreví a ir sola al centro comercial, empecé a hacerlo de regreso a casa luego del curso de noruego, llevando la mochila a cuestas. No creía sentirme con fuerzas para volver a mi tibia casa, dejar la mochila, y armarme de valor para salir de nuevo al frío. Por ello cuando era necesario o quería despejarme un poco, hacía un alto camino a casa con la mochila al hombro.

Entraba a los establecimientos sin soltar nunca la mochila y con frecuencia algún dependiente me perseguía para explicarme que no podía entrar con ella.  Yo ponía mi mejor cara de "What?" y si era posible me escabullía. Para generar confianza, a la salida abría mi mochila y mostraba que no traía nada más que mis pertenencias.

En ese entonces sólo estaba segura de una cosa: esos vikingos estaban locos si creían que yo iba a dejar en el desamparo mis cositas. Los dependientes se dieron por vencidos o empezaron a confiar en mí, como en cualquier otro de los habitantes. Quizá sin saberlo, dejé de ser una forastera, me volví familiar, al menos para los empleados de las tiendas. Por mi parte, fui aceptando que mis pertenencias no corrían ningún peligro.

Pues bien, les decía que ayer dejé mi mochila a la entrada de un súper, pero no la traje conmigo al salir de la tienda.  No me di cuenta de su ausencia sino hasta hoy, cuando la busqué para irme a la secundaria y no estaba en su lugar. La busqué por todos lados, salvo en el refrí y en el horno, porque en el primero no cabe y el segundo lo había usado.

Por mi mente pasó un rápido flashback: ¡La dejé en el súper! Me puse la chamarra y los zapatos, salí de casa. No sin cierto temor de no encontrar la famosa mochila, hice una parada en el súper, de camino a la escuela.  Y sí, ahí estaba, intacta, había cambiado ligeramente de sitio y el piso sobre el que reposaba estaba más limpio, pero no le faltaba absolutamente nada.



Este no es el único caso de honestidad noruega que he tenido la oportunidad de experimentar. Me han devuelto dos celulares, encontré mi mochila de deportes en el gimnasio con todo y el billete de 500 kr que yacía en él, tras un fin de semana que pasé fuera. Me llamaron para entregarme mi pasaporte que dejé en una tienda, de otra ciudad más grande. Y hace no mucho, me persiguieron dos calles para entregarme mi monedero.

Hay otro tipo de ejemplos de la honestidad escandinava. Aquí, en la ciudad más pequeña de Noruega, la puerta se deja siempre sin seguro (yo no, soy chilanga, ¿qué esperaban?). Dejar la puerta sin cerrojo es un mensaje tácito de que las visitas son bienvenidas, las personas entran y anuncian su llegada, así sin más. Echar la llave es sinónimo de que no estás o de que quieres privacidad. Aquí entre nos, yo siempre quiero privacidad y esta costumbre no me gusta, pero de eso hablaremos en otra ocasión.

Sin embargo, también se podría dejar la puerta sin asegurar en una ausencia corta; si, por ejemplo, se necesita salir, pero se está en espera de un paquete, simplemente uno se va sin echar la llave. El cartero dejará, discretamente, el paquete en el vestíbulo, tal y como si hubiera alguien en casa. Claro estoy hablando de un alguien diferente a esta defeña desconfiada y en extremo celosa de su privacidad. Yo recojo mis paquetes en la oficina postal. 

El plomero o el electricista está por llegar, pero usted se está picando los ojos y quiere salir a tomar un cafecito, no se preocupe, no tiene que esperarlo. No tiene que cuidar la casa mientras el técnico trabaja. Llame al técnico, explíquele que saldrá y dejará la llave en la puerta. Váyase sin temor, el técnico hará su trabajo, le llamará al terminar, y le garantizo que no encontrará su casa redecorada al estilo sin: sin televisión, sin computadora, etc. Todo estará como usted lo dejó.  

Sé que la honestidad no es exclusiva de esta pequeña ciudad. Leí que una compatriota que vive en Oslo, otra despistada, se sentía súper agradecida, porque la localizaron para devolverle la carriola de su pequeñita, la cual había sido olvidada en un estacionamiento.

Sé que debo ser más cuidadosa. Mientras tanto, no puedo sino agradecer el altísimo lugar que tiene la honestidad en la escala de valores de los noruegos. 


5 de marzo de 2014

martes, 10 de junio de 2014

Entre el plurilingüismo y el silencio


Entre los muchos obstáculos que hay que sortear cuando uno emigra, hay uno que a veces se convierte en un verdadero cataclismo, una catástrofe: la renuncia a la lengua materna. Es un problema irresoluble: la lengua madre es inútil en el nuevo lugar de residencia, pero la segunda lengua, no nos sirve, no nos alcanza para todo. 

Silenciar a la lengua madre se convierte en una herida que nunca deja de manar, en la prueba más evidente de que los exiliados (ya sea voluntarios, accidentales o forzados) vamos caminando por nuestro nuevo mundo totalmente escindidos.

Yo ahora hablo un noruego fluido que es el puente de comunicación entre mi vikingo y yo. Antes hablábamos en inglés. Sin embargo, me pregunto ¿nos enamoramos en inglés? No lo creo, aunque nos comunicábamos en inglés, no puedo ni siquiera recordar o articular nuestra historia en lengua inglesa.

Conforme más pasa el tiempo y más lo pienso, estoy cada vez más segura de que no nos enamoramos en inglés. De que el amor tiene su propio lenguaje. El amor tiene otro código, habla otra lengua: la de los actos, la de las miradas, la de los silencios, la de los tactos. Ahora sé que no era el amor mismo, sino sólo los comentarios, las notas, los pies de página de ese amor los que expresábamos en inglés.

No me lo puedo explicar de otra manera. Estoy cada vez más segura de que en todos y cada uno de nosotros el lenguaje del amor está dormido y que sólo somos capaces de articularlo cuando alguien despierta en nosotros su particular código con su extenso glosario.

¿Por qué estoy tan segura? Porque entre mi vikingo y yo las diferencias lingüísticas no fueron obstáculo alguno para establecer y fortalecer una relación que va por el quinto año, el tercero de vida en común. Nosotros no hemos tenido problema alguno para expresar nuestros discursos amorosos.


Logo conmemorativo del Día Internacional de la Lengua Materna
Noruega, 2014

En cambio, el enojo, la frustración, algunos de los matices de la tristeza, especialmente algunas nostalgias, no puedo expresarlas sino en español, en español mexicano para ser más exacta.

Muchas veces he empezado el relato, en inglés o noruego, de situaciones que me han enojado. He intentando contarle a mi vikingo no sólo el acontecimiento en sí, sino el cómo me hace sentir. Cuando hago estos intentos  es cuando no encuentro palabras.  Mis emociones se vuelven inefables,  no hay traducción para un “cabrón”, “me lleva la chingada” o “me vale madre”.

“Con la chingada hemos topado, amigo Sancho” y no puedo traducirla ni explicarla, porque los “faen” y “helvete” del noruego, pronunciados por mí mueven un poco a risa, de la misma manera que cuando un gringo dice “pendejo”.  Por más que se domine una lengua extranjera, la emoción no fluye cómodamente sino en la lengua madre.

Para el enojo, no hay besos, ni caricias, ni  miradas que faciliten la comunicación. Podrían decirme que un golpe, una señal obscena podrían tener ese efecto, pero no, no es así. Si yo golpeo al otro, el otro no comprende mi sentir, se concentra en el suyo propio, reacciona ante su propio malestar, no ante el mío.

Ni qué decir cuando extraño algo o a alguien. A veces no sólo faltan las palabras sino también los conceptos, en la mente de un noruego no existen los tejocotes ni los capulines, para ellos son palabras aún vacías. He llorado, lo confieso, ante la impotencia de expresar una emoción que sólo conozco en mi lengua madre.


21 de marzo de 2014

“Día internacional de la Lengua Materna”